domingo, 24 de junio de 2012

Tratamientos no deseados

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Allá por los años 70, cuando yo era un niño con tendencia a enfermar todos los años, y en plena era pre-ambulatorios-todo-gratis-estado-del-bienestar las costumbres sanitarias eran muy distintas a las de hoy en día.

Cuando me ponía enfermo, generalmente de anginas, mi madre llamaba al Doctor Plaza. Mis recuerdos sobre dicho médico los podría resumir en un hombre muy mayor, muy delgado y muy alto, tanto que tenía que agacharse para entrar en mi habitación donde yo le esperaba en la cama. Siempre entraba diciendo con una gran sonria y su voz anciana “Vamos a ver qué tenemos aquí…” . Luego, el ritual de la exploración auscultación y diagnóstico “Este niño tiene unas anginas de caballo”. El diagnóstico ya me lo solía saber de antemano porque a la tercera vez que tienes anginas de caballo y lo que te duele la garganta, cualquiera ata cabos.
Pero lo malo no era el diagnóstico sino el tratamiento. Eso era lo que yo temía. La escalada verbal solía ser. “Pues habrá que darle antibióticos” – “¿Cápsulas o jarabe, Doctor?” decía mi madre.- “Eso de complemento. Con un Benzetacil está corriendo en dos días”. En ese momento la sangre de mi cabeza iba a parar a los pies y todo dolor se olvidaba ante la perspectiva de que me pusieran un Benzetacil porque para los que no sepan lo que es, el Benzetacil son unas inyecciones de penicilina que se caracterizan por cristalizar parcialmente dentro de tu cuerpo serrano, lo cual produce un dolor bastante intenso al ponértela y dos días de sensación de tener “plomo en el ala”.

Internamente empezaban las fases del duelo; Negación “No por favor, inyecciones no”, Negociación “Me tomaré las pastillas y haré lo que sea si no me ponen inyecciones”, después depresión y finalmente, aceptación. Sabía que me dolería y sabía que el Doctor Plaza tenía razón cuando decía que en dos días estaría curado. Ya lo había experimentado antes, pero no quería pasar otra vez por eso.

Una vez dictada mi sentencia de dolor, había que contratar al verdugo para que la ejecutara. Mi madre llamaba a Seve, la practicante. Seve era una enfermera muy mayor (a mis ojos al menos) y muy bajita que llegaba a casa con su maletín de torturas con una gran sonrisa y una voz chillona diciendo “A ver, ¿quién está malo en esta casa?”.
Como éramos muchos hermanos, los que no estaban enfermos veían el ritual de preparación de la inyección. Seve sacaba de su maletín una cajita metálica alargada que contenía una jeringuilla de cristal, dos agujas hipodérmicas de acero (no desechable) y unas pinzas. Llenaba la cajita metálica de agua y la ponía al fuego para hervir las agujas y la jeringuilla y luego con cuidado, las sacaba con las pinzas, llenaba la jeringuila con el inyectable, ponía una aguja y se iba a la habitación del enfermo que le esperaba boca abajo, culo en pompa y con un terror difícilmente explicable (¡Éramos niños, por Dios Santo!). Seve, que en el fondo debía ser muy buena persona le decía al niño aterrado “Mira, para que no moleste tanto, voy a quitar la aguja y mientras te la pongo tu sopla sin parar y no mires” En ese momento veías como quitaba la aguja te dabas la vuelta y soplabas como si la vida te fuera en ello. El show daba sus resultados porque la mente es una poderosa herramienta. El soplar distrae y el pensar que no había aguja consolaba bastante. El dolor era el mismo, pero tu mente estaba más preparada para resistirlo. Les confieso que pasé años pensando que las inyecciones se podían poner sin aguja. 
Dos días de dolor en la nalga, cuidados maternales, mimos y tebeos en la cama después, las anginas habían desaparecido y volvías a tu vida cotidiana.

Una vez que enfermé de lo de siempre y Seve estaba preparando la inyección, me dio una ventolera y me fui corriendo de casa. Nunca había bajado las escaleras tan rápido, pero aún así, mi hermano mayor me agarró en la puerta del portal a punto de salir. Como premio obtuve dos collejas y el tratamiento, además de ser considerado un cretino durante una larga temporada.

¿Les suena el caso?  Yo me sé de un país que tiene un gobierno, que tiene una enfermedad diagnosticada, que tiene una cura dolorosa y que no se atreve a ponérsela. Y al final le darán dos capones, quedará como un idiota y le pondrán la inyección, porque no queda otro remedio.



P.D. Ahora que lo pienso, Seve y Frau Merkel se dan un aire bastante parecido. Casualidades de la vida.

domingo, 17 de junio de 2012

La trampa hipotecaria. La pesada digestión.

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Ayer leí un interesante artículo sobre el desplome de los precios inmobiliarios en el que describe la situación y nos sitúa al borde de la fase de “capitulación” de toda burbuja que se precie.
Pero como yo soy así de especialito me dio por hacer un cuadro que explique lo que le sucede al hipotecado de a pie (incluido yo mismo, of course) cuando bajan los precios de las viviendas. Tómenlo como un complemento al artículo mencionado.















Hace un año escribí sobre una posible venta de mi casa y comprar otra con los condicionantes que tenía e hice una serie de hipótesis que en esta ocasión sistematizo de la siguiente manera:

1.- Supongamos que un ciudadano compra una vivienda de tipo medio en la provincia de Madrid de 100 m2 durante cada año (col.1). Los valores para cada año de dicha vivienda (col.2) la he extraído de la Sociedad de Tasación S.A. que proporciona muy buenos cuadros de tendencia. Supongamos también que el ciudadano se ha hipotecado por el 80% del valor de la vivienda (col.3) (aunque sabemos que muchos metieron el BMW, la operación de tetas, las vacaciones a Tailandia y demás. En este caso el resultado es peor)

2.- Supongamos que por diversas causas, cada una de las personas que compraron cada año quiere vender su piso este año 2012 para comprar otro exactamente igual pero al precio de este año.

3.- Los que compraron hace más tiempo llevan pagando hipoteca desde hace más años (col.4) y por lo tanto tienen más capital amortizado (col.5). También añado el porcentaje de hipoteca amortizada para que vean que el  sistema francés acelera la amortización con los años.  Por lo tanto a cada persona le queda una cantidad de hipoteca pendiente (Col.6) que consideraremos la carga sobre su propiedad.

4.- Ahora viene el ejercicio de venta y planteo dos escenarios. Supongamos que todos los pisos encuentran un comprador a un valor medio previsto de 110.000€ en el primer escenario ó 100.000€ en el segundo escenario. Estos valores van en consonancia con la caída de precios que TODAS las tasadoras están constatando. En los dos casos el cálculo del dinero que le quedaría para gastar en la nueva casa (col.8 ó col.10) es:

Valor 2012 (110k ó 100k €) – Hipoteca pendiente – un 10% de la hipoteca pendiente (que refleja gastos de cancelación, impuesto de plusvalía, etc.)  

Como ven es un ejercicio aproximado pero la conclusión a la que se llega  y a la que llegué ya hace un año es que los que han comprado casa en los últimos 10 años están atrapados por su hipoteca y no podrían hacer el cambio porque palmarían dinero, y en ocasiones mucho, tanto más cuanto más bajen los precios de las viviendas. Los que compraron en el pico de la burbuja (2005-2008) pueden llegar a pérdidas escandalosas.
Evidentemente si no hay necesidad de vender este ejercicio es estéril, pero si alguien por lo que sea se ve obligado a vender tiene un problema serio.

De aquí vienen las historias más tristes. Gente que se quedó sin ingresos y al intentar vender su casa no encuentra comprador, ni precio ni nada y se le ejecuta la hipoteca. La casa se fue y la deuda permanece para toda la vida. Así es nuestro sistema hipotecario.
Como siempre, hay ganadores y perdedores. Este es un juego de suma cero y para que gane uno tiene que perder otro. Los que tengan algo de capital encontrarán chollos estupendos y los hipotecados que no puedan vender al precio deseado tendrán que afrontar pérdidas o bien ser embargados.

Ahora tal vez comprendan mejor el porqué del estancamiento de las compraventas de inmuebles. Estamos haciendo una pesada digestión de lo comprado a precios de burbuja y a crédito. Esta digestión puede durar fácilmente 10 ó 15 años hasta que se vayan amortizando los préstamos concedidos, así que a los felices propietarios de una vivienda hipotecada les deseo que disfruten de su casa porque van a ser muchos años.


domingo, 10 de junio de 2012

Chorradas y caridad

11 comentarios:

Ayer entro en Twitter y me encuentro que muchas cuentas han puesto su avatar al revés. ¡Qué curioso! ¿Porqué será? Me pongo a buscar y encuentro que hay una cosa llamada Campaña SOMOS que promulga en un vídeo de famosotes que nos pongamos una prenda del revés. ¿Para qué? Para ayudar a las personas. ¿Cómo? Ni puñetera idea.
Vamos a reflexionar un instante. Una página web con la realización de dos vídeos, que al parecer han salido por televisión, con el apoyo de las mayores empresas de España y todo para que un Viernes, el común de los mortales haga el payaso en apoyo de una idea que tiene que ver lejanamente con ONGs. ¿No les resulta chocante? ¿Todo ese dinero gastado para no pedir más que un gesto ridículo?

Veo campañas de esas todas las semanas en Internet. Que si pon tu avatar así o con una escarapela, o que manda un email a todas tus amistades o que si modifica tu nombre durante unos días o que si lleva un lazo morado en el meñique… Todo eso, me van a perdonar son chorradas que sirven para apaciguar conciencias a muchos y para que saquen dinero unos pocos y no precisamente los necesitados. Siempre que profundizas en el tema descubres que el objetivo último es “concienciar a la sociedad, crear un estado de ánimo, apoyar a una idea…”

No existe el apoyo sin esfuerzo, la ganancia de la nada, ni la mucha ayuda con un gesto. Son idioteces, palabras huecas que nos podemos creer si nos apetece pero que no sirven de nada. Mi hijo de 11 años lo ve claro como el agua de manantial. Siempre que ve a alguien pidiendo le da algo de lo que tiene porque dice con buen criterio que las chuches que se iba a comprar realmente no le hacen falta. Él sí que hace un esfuerzo para ayudar. Y si no tiene nada, me pide a mí para dárselo al que lo necesita.

Si quieren hacer caridad, háganla de verdad y si no quieren o consideran que no pueden hacerla pues no la hagan, pero no se crean que ayudan por montar en bicicleta por los niños del Sáhara ni por llevar una prenda amarilla por las enfermedades pulmonares, ni por poner un tuit de apoyo el Día de la Desgracia de Turno. Si quieren apoyar causas reales, no tienen que irse muy lejos. Sólo bajar a su calle y pasear 100 metros.

Dar un euro es ayudar. Dar el coñazo no lo es.