Allá por los años 70, cuando yo era un niño con tendencia a
enfermar todos los años, y en plena era
pre-ambulatorios-todo-gratis-estado-del-bienestar las costumbres sanitarias
eran muy distintas a las de hoy en día.
Cuando me ponía enfermo, generalmente de anginas, mi madre
llamaba al Doctor Plaza. Mis recuerdos sobre dicho médico los podría resumir en
un hombre muy mayor, muy delgado y muy alto, tanto que tenía que agacharse
para entrar en mi habitación donde yo le esperaba en la cama. Siempre entraba
diciendo con una gran sonria y su voz anciana “Vamos a ver qué tenemos aquí…” .
Luego, el ritual de la exploración auscultación y diagnóstico “Este niño tiene
unas anginas de caballo”. El diagnóstico ya me lo solía saber de antemano
porque a la tercera vez que tienes anginas de caballo y lo que te duele la
garganta, cualquiera ata cabos.
Pero lo malo no era el diagnóstico sino el tratamiento. Eso
era lo que yo temía. La escalada verbal solía ser. “Pues habrá que darle antibióticos”
– “¿Cápsulas o jarabe, Doctor?” decía mi madre.- “Eso de complemento. Con un Benzetacil está corriendo en dos días”. En ese momento la sangre de mi cabeza
iba a parar a los pies y todo dolor se olvidaba ante la perspectiva de que me
pusieran un Benzetacil porque para los que no sepan lo que es, el Benzetacil
son unas inyecciones de penicilina
que se caracterizan por cristalizar parcialmente dentro de tu cuerpo serrano,
lo cual produce un dolor bastante intenso al ponértela y dos días de sensación
de tener “plomo en el ala”.
Internamente empezaban las fases del duelo; Negación “No por
favor, inyecciones no”, Negociación “Me tomaré las pastillas y haré lo que sea
si no me ponen inyecciones”, después
depresión y finalmente, aceptación. Sabía que me dolería y sabía que el Doctor Plaza tenía
razón cuando decía que en dos días estaría curado. Ya lo había experimentado
antes, pero no quería pasar otra vez por eso.
Una vez dictada mi sentencia de dolor, había que
contratar al verdugo para que la ejecutara. Mi madre llamaba a Seve, la
practicante. Seve era una enfermera muy mayor (a mis ojos al menos) y muy
bajita que llegaba a casa con su maletín de torturas con una gran sonrisa y una
voz chillona diciendo “A ver, ¿quién está malo en esta casa?”.
Como éramos muchos hermanos, los que no estaban enfermos
veían el ritual de preparación de la inyección. Seve sacaba de su maletín una
cajita metálica alargada que contenía una jeringuilla de cristal, dos agujas
hipodérmicas de acero (no desechable) y unas pinzas. Llenaba la cajita metálica de agua y la ponía al
fuego para hervir las agujas y la jeringuilla y luego con cuidado, las sacaba
con las pinzas, llenaba la jeringuila con el inyectable, ponía una aguja y se iba a la
habitación del enfermo que le esperaba boca abajo, culo en pompa y con un
terror difícilmente explicable (¡Éramos niños, por Dios Santo!). Seve, que en
el fondo debía ser muy buena persona le decía al niño aterrado “Mira, para que
no moleste tanto, voy a quitar la aguja y mientras te la pongo tu sopla sin
parar y no mires” En ese momento veías como quitaba la aguja te dabas la vuelta
y soplabas como si la vida te fuera en ello. El show daba sus resultados porque
la mente es una poderosa herramienta. El soplar distrae y el pensar que no
había aguja consolaba bastante. El dolor era el mismo, pero tu mente estaba más
preparada para resistirlo. Les confieso que pasé años pensando que las inyecciones se podían poner sin aguja.
Dos días de dolor en la nalga, cuidados maternales, mimos y tebeos en la cama
después, las anginas habían desaparecido y volvías a tu vida cotidiana.
Una vez que enfermé de lo de siempre y Seve estaba
preparando la inyección, me dio una ventolera y me fui corriendo de casa. Nunca
había bajado las escaleras tan rápido, pero aún así, mi hermano mayor me agarró
en la puerta del portal a punto de salir. Como premio obtuve dos collejas y el
tratamiento, además de ser considerado un cretino durante una larga temporada.
¿Les suena el caso?
Yo me sé de un país que tiene un gobierno, que tiene una enfermedad
diagnosticada, que tiene una cura dolorosa y que no se atreve a ponérsela. Y al
final le darán dos capones, quedará como un idiota y le pondrán la inyección,
porque no queda otro remedio.
P.D. Ahora que lo pienso, Seve y Frau Merkel se dan un aire
bastante parecido. Casualidades de la vida.

