Vivo en un chalet adosado desde hace diez años. Tiene un jardín de unos 25 metros cuadrados igual que los de las otras 10 casas adosadas que tengo alrededor. Recuerdo esa sensación de libertad salvaje y posibilidades por descubrir que tuvimos cuando llegamos a la casa por aquel entonces con un hijo de un año. “Este es un buen sitio para criar al pequeño Kutusovich” nos dijimos, “lejos del asfalto y con este precioso jardín que no es muy grande pero es bastante para que el niño vea una planta y un árbol y juegue en el césped” ¡Qué maravilla! ¡El sueño de cualquier urbanita!
El jardín tenía unos rosales, un cerezo, un laurel y una parra y nos preguntamos ¿porqué no habrán plantado césped con lo bonito que es? Así que este humilde narrador se acercó a un vivero cercano y encargó unos “tepes” de césped y un sistema de riego automático. Compré unas tumbonas y una mesa de jardín y de esta manera se formó nuestro pequeño vergel.
En primavera el cerezo floreció y se llenó de pequeñas cerezas y la parra se llenaba de hojas y racimos de uvas. ¡Qué acierto! Este contacto ligero con la Naturaleza es que lo que necesitábamos. Nos podremos comer las uvas y las cerezas de nuestro propio jardín ¡Qué ilusión! Las cerezas son un poco pequeñas, así que mejor las dejamos crecer un poco y las uvas en Septiembre estarán fantásticas. Las rosas ya no tardarán en salir.
Llegó Mayo y fui a buscar las cerezas con mi escalera y una bolsa (hubiese sido más bonito ir con una cesta y sombrero de paja, pero no disponía de ninguno) y al subirme vi con sorpresa que todas las cerezas buenas estaban picoteadas o devoradas por los pájaros y el árbol estaba lleno de hormigas que se me subían encima a la que me descuidaba. Pequeña decepción. El año que viene intentaré poner un espantapájaros.
En Agosto las primeras uvas empezaron a madurar. Las probé y estaban ricas así que dejamos que maduraran unas semanas más. Una vez más los pájaros me lo agradecieron, pero esta vez en el lugar donde se atracaban de uvas, me dejaban un regalito en forma de cagadas. ¡La madre que los…!
Al menos el césped daba frescor y belleza. Todas las noches regaba el automático y funcionaba todo correctamente. Y llegó la factura del agua ¡La madre que los …! Al año siguiente había sequía y amenazaban con multas de infarto a quien descubrieran regando pero lo mejor estaba por llegar. El césped hay que cortarlo (con una segadora eléctrica), hay que abonarlo (básicamente con mierda de animal), no le sientan bien las heladas ni el excesivo sol (caramba, el clima de mi pueblo). Resumiendo, una guerra contra los elementos costosa de mantener e imposible de ganar con el tiempo del que dispongo para esos menesteres.
Después de unos cuatro años las rosas nunca llegaron, las cerezas apenas las probé, el césped se deterioró irreversiblemente y acabamos solando el jardín. Al trasladar el cerezo no agarró y murió, los rosales sólo producían espinas y los arrancamos y sólo sobrevivió la parra a la que le quitamos las uvas tan pronto como aparecen cada año.
Hace cuatro años llegó un nuevo vecino y hablando con él recién llegado me contó que iba a restaurar el césped, etc. etc. Le deseé suerte y le conté que había solado el jardín por vagancia. ¿para qué quitarle la ilusión? Lo cierto es, tal y como vaticinamos, que a los dos años ya ha abandonado el cuidado del césped, ha cubierto medio jardín y dentro de poco solará el otro medio.
Esta escena de la película Las Verdes Praderas de Garci es tan reveladora...

